
Ruth Llana
(Pola de Siero, Asturias 1990) ha publicado relatos, poemas y traducciones en revistas como Los noveles o Revista Kokoro y en antologías como Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011) o Hijas del pájaro de fuego (Fin de viaje ediciones, 2012). En 2013 ganó el premio Federico García Lorca de poesía de la universidad de Granada con el poemario Tiembla (de próxima publicación.) Su blog es: vertigoaniveldelmar.blogspot.com
Deseo de ser arquero
Nace para ser caballo ilota y relámpago y cartón y olor y tiembla tierra tiembla. Nacer para ser soplo de vida aliento, crin al galope vienen los cerros hacia mí - hacia ellos nos desplazamos nosotros, violentamente luces, esclavos. Golpe percutido (de los ojos negros sin sombra).
Respira la pausa por todo destino lo que se va, consuelo buscado en los golpes de las pezuñas contra el polvo, mantiene su memoria en las rodillas de los elefantes.
Río que trascurre, la mano del oso descubre en el interior del agua (reflejo en los ojos negros del deseo de ser crin y galope, espíritu, garra, nutria)
Golpe del suelo en los cascotes, golpe del suelo en los pies alargados hacia las estrellas (hacia los muertos).
Voy hacia los muertos, hacia los grandes cañones del desierto. Las plantas señalan el hogar del nacimiento. Para ser, momento antes, miedo hormigón tiembla.
Deseo, dirección, deseo; hacia donde voy los muertos como nutrias disparan sus arcos, y tiembla como retrocedo, voy con los muertos con la piel misma de los pies quemada, una superficie tras otra, tras otra la misma, el mismo miedo, peso que se pronuncia de correr descalzo hacia mí corren los lugares descalzos, hacia mí los muertos descalzos yo hacia los muertos descalzo.
«Monelle me trouva dans la plaine où j’errais et me prit par la main.
– N’aie point de surprise, dit-elle, c’est moi et ce n’est pas moi;
Tu me retrouveras encore et tu me perdras;»
Le livre de Monelle, Marcel Schwob
I
Dentro del corazón cada mano fría se rompe en miles de esquirlas doradas sobre las paredes. Y son caras de niños, manos de niños, las que me cortan la voz y ponen ojos en la cara.
Con un dedo voy dibujando el camino donde diré: “aquí, no volveré a pasar”. Las últimas palabras.
Inventarán una larga historia acerca de alguien, de una mano fría, de una voz que podía cortarse como un ala y su propósito.
Volver sólo para mirar el cuerpo ensangrentado, la idea que cubre esa piel, el desgarro de los otros. La imposibilidad de suicidarse. Porque tú me tomaste de la mano, tú que no existías y me lo estabas diciendo. “Me encontrarás y volverás, volverás para volver a perderme.”
«Et je regardai par la plaine et je vis se lever les sœurs de Monelle.»
Le livre de Monelle, Marcel Schwob
II
Me es imposible amarla y matarla al mismo tiempo. Se reproducen acantilados en mis mejillas, definiendo el único sentido de caer. Poco a poco, sus pequeños cadáveres correrán a través de mí y no serán nada. Serán la nada en toda mi piel.
Imposibles de atrapar, los llamaré Monelle. Por las piernas que perdí en la belleza y el cuerpo enterrado en el bosque. Ahora soy, toda yo, ramas que se miran.
Después de ti, no podría haber sucedido otra cosa.
III
Un árbol te observa hacerte mujer desde el centro del universo. Y todo lo que tú quieres es su savia. Apoyarás los labios, como una profecía, en su corteza sangrienta y vieja. Renunciarás al cuerpo que amasaste con arcilla en tu ceguera.
Esa que veo en el mar, se va a transformar en atardecer.
Pero un día llegó por fin; tú, cara desfigurada, me dijiste: «olvídame, y te seré devuelta.»
Una danza. Un atraparse, como los animales en el amor. Una criatura nacida de mi sangre.
Doliente. La virgen sonríe pequeña y su efigie se rompe, entre mi infancia, hacia abajo.
Me doy la vuelta y veo mis ojos derretirse en tu cuerpo, en esta soledad inmensa del descubrirse, de apretarse las palabras y no decir, por la fragilidad de las figuras en tu contorno.
Trazar lo inalcanzable con las manos tocando. Descubrir la voz de dios, disfrutar el enigma como se adentra en la inocencia, asimilando la sustancia de mi vida a toda esa materia mentirosa.
Dolerse en el grito del descoyuntamiento. Aquellas voces que duelen, que muerden las puntas de los dedos muriendo de la alegría que no tuvieron.
Darme la vuelta y mirar mi cuerpo ensangrentado y doliente, en otro verbo, en otro cuerpo. Dentro del cepo de la ceguera.
Acaricio mis manos en el baile, en el rito de abrir los ojos.
Me giro, me doy la vuelta. Escupo mi cuerpo en el espacio. En el gesto simple de buscarte con la dirección de mis miembros. Trazar el camino en ser mujer así. Sorda.
Romperme en todas direcciones en el reconocimiento de que existe un momento aquí. Y que eso era la verdad de toda tu vida, de toda la mano, de todo lo que no tenía
A modo de existencia.