Manuel Díaz Martínez
(Santa Clara, Cuba, 1936).
Poeta, ensayista y periodista. Fue diplomático en Bulgaria, investigador en el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba y director de importantes órganos de prensa en su país natal. Fue director de la Revista Encuentro de la Cultura Cubana y forma parte del consejo editorial de la Revista Hispano Cubana, ambas publicadas en Madrid.
Es miembro correspondiente de la Real Academia Española.
Ha publicado doce libros de poemas, entre los que figuran El País de Ofelia (1965), La tierra de Saúd (1966), Vivir es eso (1967, Premio “Julián del Casal”, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, otorgado por un jurado que integraron Nicolás Guillén, Eliseo Diego, Gabriel Celaya, José Ángel Valente y Enrique Lihn), Mientras traza su curva el pez de fuego (1984), El carro de los mortales (1988), Memorias para el invierno (Premio Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria 1995) y Paso a nivel (Verbum, Madrid, 2005). Algunas antologías de sus versos son: Poesía inconclusa (La Habana, 1985), Alcándara (La Habana, 1991), Señales de vida (1968-1998) (Visor, Madrid, 1998), Antología Poética (edición bilingüe, Bulzoni, Italia, 2001) y Un caracol en su camino (Aduana Vieja, España, ediciones de 2003, 2005 y 2008).
Su poesía completa fue publicada, bajo el título de Objetos personales (1961-2011), en la Biblioteca Sibila-Fundación BBVA de Poesía en Español (Sibilina, Sevilla, 2011). Poemas suyos han sido traducidos a numerosos idiomas. También es autor del libro de memorias Sólo un leve rasguño en la solapa (AMG-Editor, Logroño, 2002), del tomo de ensayos y artículos Oficio de opinar (Aduana Vieja, Valencia, 2008), de ediciones comentadas de las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, de la poesía de Virgilio Piñera, de El ciruelo de Yuan Pei Fu, de Regino Pedroso, y de las cartas que Severo Sarduy le remitió a La Habana. Es autor asimismo de la antología Poemas cubanos del siglo XX (Hiperión, Madrid, 2002).
Recibió en 2006 la medalla La Avellaneda, del Círculo Cultural Cubano de Nueva York, por su aporte a la cultura cubana. Reside desde 1992 en Las Palmas de Gran Canaria y es ciudadano español.
LAS PIRÁMIDES
Contra el tiempo, el caos y el azar,
contra la duda y la rutina,
contra el horizonte de los vastos arenales de Gizeh,
los faraones de la IV Dinastía
Keops, Kefrén y Micerino
ordenaron que se alzaran las Pirámides,
los monumentos absolutos de su gloria.
Entonces
el labriego fue obligado a abandonar sus tierras
y el pastor fue obligado a abandonar sus cabras
y fueron, en Gizeh, carpinteros y albañiles,
bestias de tiro cubiertas de sudor.
Y del desierto se elevó la piedra
como la eternidad desde el fondo de la Historia.
El cabrero no vio más sus cabras
ni el labriego pisó más sus tierras.
El nombre de ellos es plural como lo es el polvo.
Pero Keops, Kefrén y Micerino,
que tenían voz para mandar,
sueños de grandeza
y manos para el ocio,
atestaron con sus nombres la IV Dinastía.
INMORTALES
Realmente somos fuertes:
más duros que las piedras de río,
que el acero de un cañón de costa,
que el jiquí
y el ácana
y el júcaro negro.
No hay motor
-turborreactor o Diesel-
más potente que nosotros,
ni laca ni fibra sintética
más tenaces que nosotros.
Conocemos
el amor,
el odio,
y muy especialmente
la pasión y la esperanza:
¿cómo dudar que de las cosas de la Tierra
somos
la más fuerte?
Hemos visto pasar a nuestro lado
manadas de bestias colosales
que jamás volvieron,
aún vemos la luz de estrellas que ya son fantasmas,
continentes enteros se hundieron bajo nuestros pies
para no regresar del fondo
del océano,
por encima de nuestras lívidas cabezas pasan
especies de pájaros y aviones
que no vuelven a pasar.
Pero nosotros,
pobres criaturas sin garras ni conchas
ni escamas ni púas ni alas,
con ojos inferiores a los ojos del búho
y piernas inferiores a las patas del ante
y manos inferiores a las manitos del mono
y oído inferior al del sinsonte
y olfato inferior al del escualo
y músculos más pobres, mucho más débiles
que los elásticos anillos de la boa...
Pero nosotros,
los más frágiles,
los menos protegidos,
asmáticos,
artríticos,
diabéticos,
miopes,
hemos sobrevivido a todas las catástrofes,
a todas las iniquidades,
a nosotros mismos.
LA CENA
Mi abuelo se sentó a la mesa con su muerto al lado.
No levanté los ojos de la sopa:
sabía que él también estaba muerto.
Mi madre tampoco levantó los ojos
a pesar de estar tan muerta como él.
Pero el muerto más muerto era Jacinto el ciego,
que no tenía ojos para ver la sopa.
Y peor aún era el caso de Donata,
que no tenía sopa para meter los ojos.
Mi abuelo se levantó, entonces, de la mesa
y nos dejó solos con su muerto
(un muerto sin ojos y sin sopa,
un terrible muerto hecho todo de bocas y de huesos).
Lo miré al soslayo, ya sin pizca de apetito,
y deduje que era un muerto que buscaba nombre.
Le puse el nombre de mi abuelo.
Mi madre protestó y le puso el nombre de mi padre.
Mi padre protestó y le puso el nombre de su hermano.
A Donata y a Jacinto se los tuvo en cuenta
cuando llamaron al muerto con mi nombre.
Fue cuando pregunté:
-¿Es necesario que los muertos tengan nombre?
¿Por qué meter los ojos en la sopa?
¿Hay que sentar los muertos a la mesa?
Mi padre respondió al momento:
-Conviene darles un carnoso nombre
donde poder pegarles la mordida;
ellos se pasan el tiempo con la boca seca
raspando con sus dientes nuestros platos.
Si no tuvieran nombre, ¿cómo poder llamarlos
y cómo poder, si queremos, despedirlos?
-Es muy justo sentarlos a la mesa
-añadió mi madre sonriendo
y cortando el pan en rebanadas-.
Nadie puede negar que tienen boca y, por tanto, hambre;
y manos y, por tanto, ganas;
y huecos, enormes huecos fríos que llenar.
Ellos también han de poner sus huesos en la mesa.
Jacinto el ciego le sirvió más jugo al muerto
y mi madre le arrimó toda la sopa
mientras Donata, solícita, decía
¡Buen apetito! en italiano.
Fue cuando pregunté de nuevo:
-¿Todo se hace en el nombre de los muertos?
-Manuel, ¡cállate y come!
LA GUERRA
Todos los aviones regresaron a sus bases.
Pero no todos los hombres
regresaron a sus casas. Pero no estaban
todas las casas de los que regresaron. Pero
no todos los que regresaron
encontraron a todos en sus casas.
PODER
Si yo supiera, como sabe el agua,
discurrir y brillar entre guijarros
y ser espejo en la cerrada noche
y vastedad de cielo en una alberca;
si yo aprendiera a ser como es el agua,
que se despeña y rompe y sigue siendo
la plenitud de su alma y de su carne,
el todo de su gesto y de su modo;
si yo pudiera, como puede el agua,
derrotar, sin saberlo, la dureza
de un día sin amor que se le asome;
si tuviera, como ella, el homenaje
de la sed que la piensa, del calor
que la ansía, del polvo que la teme…
MÍNIMO DISCURSO SOBRE EL POETA,
LA PALABRA Y LA POESÍA
Discúlpenme,
si pueden y si quieren,
este discurso sumario,
acaso ingenuo, acaso pretencioso,
sobre el Poeta, la Palabra y la Poesía
-o, si lo prefieren,
sobre el vano prodigio que sería el Universo
si no contase con la angustia del hombre que lo mira.
Quizás sea el momento de decirles
francamente
lo que pienso sobre materia tan resbaladiza,
sin tomar, es un decir, las debidas precauciones.
En primer lugar no creo que nosotros los poetas
-los filósofos sonríen en la mesa vecina-,
pastoreando las Dudas como cabras en la noche,
hagamos otra cosa que mentir:
mentir para existir,
mentir para querer,
mentir para indagar,
mentir ¿para saber?
¿Alguna vez sabremos?,
¿alguna vez, en la madeja iridiscente de la mentira
-ah, maestro Eliseo Diego, háblenos, que usted ya sabe-
¬hallaremos el camino, o los caminos,
hacia esos distritos nocturnos de las cosas
que tanto nos intrigan?
La impostura, la treta, el maquillaje
son los instrumentos de nuestro menester
(oficio, para algunos, de vida paralela,
y, para otros, de hundirse hasta el alma en la que hay).
Véanlo, si no, cuando decimos
vendrá la muerte y tendrá tus ojos, o
tus otoños me arrullan en coro de quimeras obstinadas,
o la noche se puebla de muecas de locura,
y más: polvo serán, mas polvo enamorado.
Uno de nosotros,
por ser fiel a una nostalgia,
mintió de esta manera:
Por la hoja del caimito van dos colores trepando.
Y otro, para ser fiel a la norma del coraje,
grabó en nuestra memoria esta mentira:
¡La celeste zancada de los que caen siempre en la batalla!
Así queda demostrado que no es en absoluto aconsejable
que al pie de la letra se tomen,
como se dice,
ni versos ni poemas,
así sean odas bravas o breves madrigales.
Y es aberración aborrecible negarse a comprender
que el espíritu acosado invente una puerta de emergencia.
Débese tener presente, pues, que la poesía
es agua discursiva, oscura pradera, rosa melancólica,
carnívoro cuchillo, grano de trigo en el silencio,
guitarra del mesón de los caminos,
manotazo, águila audaz, guijarro,
mosca, miedo, mástil, horizonte,todo
menos un acta notarial,
por más que su destino sea,
al menos el que su índole prescribe,
dejar constancia permanente de no se sabe qué.
Y atención, toda la atención les ruego:
no caer en esa trampa de pensar que la Poesía
está en las cosas
como un bodoque de hulla en una mina,
como un pan en la despensa, como
una estrella hundida en el corazón de una bellota,
y de pensar que el Poeta,
escarbando en las cosas asistido de una espátula y un cirio,
la descubre y nos la pone entre las manos
neta,
nívea,
nítida,
unívoca,
inequívoca y fosforescente.
Amigos míos,
cómplices y parroquianos de mutuas soledades,
estoy en condiciones de afirmar rotundamente,
con el viejo búho Stéphane Mallarmé,
y siguiendo mis propias experiencias,
que la Poesía habita sólo en el idioma:
por más que a lo largo de mi vida lo intentara muchas veces
nunca logré
-el pauvre Lélian asimismo ha fracasado-
¬ni un solo romance sin palabras.
Poesía eres tú, Gustavo Adolfo,
en Sevilla y en Veruela
y muriéndote de sífilis en Claudio Coello 29,
y lo soy yo,
y no porque seamos ni musas ni modelos,
sino porque somos los que hablamos:
sin nosotros no hay mirada,
no hay asombro,
no hay desgarro,
no hay desvelo,
no habrá un alma para la montaña,
ni una traducción del cielo,
ni eternidad para la espiga,
ni una gramática para el misterio,
ni un horizonte cuadrado,
ni un oboe sumergido,
ni un antílope de evaporados pasos.
Sin nosotros y nuestros cómplices de siempre
no hubiera un verso respirando en este mundo,
y un verso, sólo un verso,
si es un verso, todo un verso,
es toda la Poesía.
La Poesía no mana del jardín, sino del jardinero,
y mana de mí, que descubro el jardín de otra manera,
que lo miro y no lo miro,
que lo nombro y no lo nombro,
que al llevarlo a mi lengua lo sumerjo en una luz y en una sombra
ue jamás le dieron y nunca le darán
ni la aurora más radiante ni la noche más sombría.
La Poesía es el verbo incandescente que la crea.
Digámoslo sin arrogancia,
más bien sobrecogidos,
y que Gustavo Adolfo, hermano mío, me perdone
desde todos los Olimpos que sin duda se merece:
podrá no haber poetas,
en cuyo caso tampoco habrá Poesía.
SIN COMERLO NI BEBERLO
Sin comerlo ni beberlo
eres factor de cambio
y eres factor de riesgo.
Sin comerlo ni beberlo
te vas haciendo curvo,
te vas poniendo torvo,
te vas quedando calvo.
Sin comerlo ni beberlo
en todos los relojes
se hace tarde y llovizna,
y a lo peor acabas
completamente sabio,
que es la manera incómoda
que existe de ser tanto
tonto como trágico.
Sin comerlo ni beberlo
podrías ser noticia:
A confiado transeúnte
que se miraba a un espejo,
a plena luz del día
lo asaltó un pensamiento.
Éste se dio a la fuga
luego de sustraerle
hasta el último sueño.
¿QUIÉN?
¿Quién habita la casa que habité,
quién toca las maderas que toqué,
quién ve los resplandores que yo vi,
quién vive las penumbras que viví,
quién sueña en la ventana en que soñé,
quién llora en la escalera en que lloré,
quién abre los batientes que yo abrí,
quién ríe en el pasillo en que reí,
quién cabalga en los hombros de mi sombra,
quién habla, grita, llama y no me nombra,
quién mis brazos desplaza con sus brazos,
quién llena mi silueta sin saberlo,
quién anda hacia su muerte y, sin quererlo,
ocupa con sus pies mis viejos pasos?
ESOS ADIOSES BREVES
De las flores de ese vaso,
la más cautivadora
es esa rosa a punto ya de incorporarse
a la penumbra
como el humo al viento.
Pétalos suyos
han ido cayendo en torno al vaso,
abandonando en ella
un vago ademán de despedida.
Y ahora que estamos solos,
enlazados por un mismo silencio,
le pregunto y me pregunto
si son de ella, sólo
de ella,
esos adioses breves.
PARA MATAR AL MINOTAURO
Y SALIR DEL LABERINTO
Homenaje al pintor canario
Óscar Domínguez
por su Minotauro
Teseo,
has de saber que un dios que reina en las tinieblas
por encima de los otros dioses,
ducho en tejer y destejer caminos,
con más poder que iglesias y gobiernos,
mafias, sindicatos,
monopolios y partidos,
digamos un dios de dioses, que llamaré Acaso,
reparte el destino a los mortales.
Quiso este dios que el hijo de un déspota cretense
fuese muerto en tu ciudad por los hinchas del Atenas
y dispuso que,
ardiendo en sus lágrimas rabiosas,
aquel monarca extremo lanzara los ejércitos de Creta
contra tus hermanos,
jurando degollarlos uno a uno si tu padre Egeo,
rey de Atenas,
no exportaba cada año a Creta jóvenes hermosos
(digamos carne de primera)
para ser devorados por el Minotauro.
Y asimismo dispuso
que fueses a matar aquel engendro mitad hombre y mitad toro
en su íngrima y tortuosa madriguera.
Porque ese dios oculto, a ratos humorista,
a ratos cruel
y siempre caprichoso,
que sabe dirigir el vuelo del azar
y programa las sorpresas,
que dibuja el mapa de todas las pérdidas y todos los encuentros
y labra la historia del futuro en una roca que rueda eternamente
hacia ese abismo que llamamos Nunca,
quiso honrarte,
Teseo,
enseñándote a vivir.
Y mejor lección no halló que encararte al Minotauro.
Y en su roca agorera dejó inscrito que aceptabas
tamaño desafío.
Bien sabemos que en llegando a Creta tuviste de tu parte a Ariadna,
la astuta y bella hija de aquel Minos,
tirano de cretenses.
Ariadna fue un azar atado a tu destino,
una gracia a tu coraje concedida,
y de su astucia y amor entraste armado al dédalo espantoso.
Digamos que Ariadna fue la máxima lección de Acaso.
Y es de esperar, Teseo, que tengas aprendido
que sin Ariadna es más difícil matar al Minotauro,
y no digamos salir del laberinto.
MI VECINO
Me llevo bien con este hombre taciturno,
infatigable y fornido al que llaman Caronte.
Es mi vecino. Sus hijos retozan con mis perros.
Los críos lo despiden cuando el día declina
y en las mañanas vienen a esperar su regreso
donde amarra la barca, allí, entre esas rocas
que el Leteo lame al pie de mis ventanas.
Muchos amigos míos han viajado con él.
Amigos y amigas que nunca más he visto.
Viejas amistades que ni siquiera escriben
para contarme algo de sus vidas lejanas.
Me han olvidado, pienso, quizás me han olvidado.
Un domingo de feria, bebiéndonos un vino,
le confesé al barquero esa amarga sospecha.
Nada me dijo el hombre y me sirvió otro vaso.
El sol hacía un guiño festivo en la botella.