
Isabel Cadenas Cañón
(Basauri, España, 1982)
Es autora del poemario Irse (Vitruvio, 2010) y antóloga, junto a Javier Molea, de El tejedor: nueva poesía iberoamericana en Nueva York (LUPI, 2011). Su poesía traducida al inglés ha sido publicada en Brooklyn Rail y en la antología Palabras errantes. Ha traducido a Circe Maia al francés (con Étienne Dobenesque) a C. D. Wright al castellano (con Valerie Mejer) y a Raúl Zurita al euskera. Su obra fotográfica se ha expuesto en galerías de España y Estados Unidos y forma parte de varios proyectos editoriales en Nueva York. Es licenciada en Filología Hispánica, cursó un máster en Estudios Teatrales en la Universidad París 3 Sorbonne Nouvelle y un Master of Fine Arts en Creación Literaria en la New York University, donde en la actualidad realiza su doctorado. Es Insigne Vaivodesa del Longevo Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires (LIAEPBA). Vive en Brooklyn, Nueva York.
Bere hutsunerantz doan
goilararen moduan
desiratzen dut
Deseo cual cuchara
cayendo hacia su hueco
lo suficiente para susurrar
¿estás bien?
bajo este techo extraño
temo ser indiscreta
mirar de más
saltarme reglas
el hombre
Llora
yo
lo escucho
si esto no es el desarraigo
entonces qué.
Nueva York, 14 de septiembre de 2009
[De Irse, Madrid, Vitruvio, 2010]
LOCUS AMOENUS
La naranja completa
Los siempres
Los nombres de los futuros hijos
La exclusividad de los afectos
Las excusas, los losientos, las cuentas
Las cuentas bancarias
El nunca antes
La casa
La casa en el campo
La casa en el campo y el perro y todas sus variantes.
Yo creo que el amor existe.
Pero no donde lo buscamos.
[De Irse, Madrid, Vitruvio, 2010]
AF 5962
I
en 15 horas he dejado mi vida
en 2 aviones
1 coche
algunas cajas
no tengo llaves
II
me rodean en este París-Bilbao
miradas extraviadas
en el estertor de unos auriculares
préstamos a plazo fijo
ancianos prematuros
seguridad gregaria seguridad
nada
Nunca
me parece tan gris
como esto que a lo que fielmente
pertenezco
III
estoy aterrizando
a esta hora la plaza Serrano
está llena de europeos que se quieren australes
como yo
San Telmo espera al domingo
los teatros empiezan a abrirse
alguien ceba un mate en una vida recién estrenada en Caballito
ahí abajo está el Cantábrico que explica tantas cosas
que sin embargo ahora carecen de importancia
estoy volviendo a casa
mi hermana y mi padre
me hacen gestos de bienvenida
detrás del cartel de llegadas
ellos probablemente no entiendan que ésta no es mi casa
que estoy caminando por Rivadavia y es invierno y está anocheciendo
y la luz naranja baña los edificios altos.
[De Irse, Madrid, Vitruvio, 2010]
8.
Es como si la memoria ya sólo dependiera de nosotras.
Ya no acumulo entradas de cine, ni de teatro, ni billetes de avión, ni monedas de países a los que no voy a volver; tampoco monedas de países a los que voy a volver. Un día dejé de guardar papelitos que alguna vez significaron algo, notas que me pasaba con mis compañeros de clase, tarjetas de visita en las que él había dibujado una sonrisa o, sí, un corazón. Dejé de almacenar cosas, pesaban demasiado. Y aun así nunca consigo situarme en ese lugar quebradizo en que por todas partes me sopla el viento. Sólo a medias domino el arte de perder. Y justo es la mitad que no importa.
[De Ochitos, texto para la exposición Reino pelícano,
de la artista Verónica Gómez, Galería Foster Catena, Buenos Aires, Julio 2012]
OCIO (IV)
Primero está la oscuridad breve, el espacio contenido en las ventanas cerradas.
El ruido del frigorífico que se apaga y da paso al los árboles y columpios de tarde de domingo.
La luz entra de a poco, espesa.
Es luz como acolchada que desborda las celosías y lo baña todo pero leve;
no luz cosida que se va a posar sobre los muebles tomando su geografía exacta.
Es luz de final de verano, que calienta ya lejana.
He visto esas hebras de puntos invadir horas idénticas.
Las tardes de siesta obligada de mi padre, mientras sus amigos conquistaban el frontón.
Su espera de la quietud completa, de la señal muda para huir.
Sé que jugaba entonces a abrir y cerrar las manos, a encarcelar las líneas claras que se colaban por rendijas que nunca vi y que recuerdo nítidamente.
Lo sé porque también ahora la luz es la sola presencia móvil de este cuarto, cuando la casa entera duerme y sin embargo afuera
y tú ignoras que el recuerdo prestado me impide cerrar los ojos.
Lo sé porque la luz marca este privilegio de estar despierta mientras tu brazo me cubre sin peso y sé que tengo que liberarme para escribir esta calma
y no.
[De Ocio, poemario inédito]
Ribera, c. 1987
Es verano. Estamos tumbadas en la hamaca del corral.
La hamaca era la señal de que empezaba el calor y de que nosotros mismos habíamos llegado a Ribera. La atábamos a dos árboles separados exactamente para que entrase allí, bajo la sombra de la higuera. Escribo sombra de la higuera y pienso entonces que al menos uno de los árboles tiene que ser eso, una higuera, pero no alcanzo a ver las hojas. Por el tronco no sé. También estaba la sombra de la parra, pero creo que eso fue después.
Detrás de nosotras hay sol. Los gallineros viejos, que ya no están, y matas de plantas malas, altísimas, ahí, como anunciando esa desaparición. Dividiendo el sol y la sombra, la mesa de madera, celeste, larga, con bancos incorporados.
Se llenaba de humo. A la izquierda había —¿hay?— una parrilla excavada en la pared de adobe y piedras. Los asados los hacían los hombres, vestidos con buzos mahón y gorras, de publicidad de Ferralla o de Goodyear. Las mujeres llevaban batas y zapatillas negras, de abuela, o delantales con flores y trapos en la cabeza. No cabíamos en la mesa, había que apretarse contra un cuerpo familiar, intentar emerger entre el griterío, pelearse por una costilla de cordero y ganar siempre por ser la pequeña. También eso era el verano.
Sobre la mesa celeste hay un cenicero.
Ella ya no fumaba cuando yo nací. Él dejó de fumar después.
En el suelo están sus alpargatas,
ella siempre llevaba alpargatas de esparto en vacaciones, me sé de memoria sus tobillos,
y montones blancos, como pelusas de oveja recién esquilada.
Nunca hubo ovejas en el corral. Sólo a veces traían un corderito y lo dejaban allí un día, dos, hasta que. Para entonces yo ya había dormido abrazada a él, había intentado imitar los movimientos torpes de sus patas dobladas hacia dentro.
Hay dos envoltorios de caramelos, rojos.
Estoy en su regazo. Quepo entera.
Su mano me acaricia levemente la pierna, contrastan nuestros colores de piel, yo blanquísima y ella siempre morena; lleva una alianza.
La recordaba mirando a la cámara y yo con la boca abierta, en señal de juego, la cabeza girada hacia arriba, mirándola a ella;
pero en realidad no llego a ver si tiene los ojos abiertos o cerrados y la única que mira claramente a la cámara soy yo. La boca está abierta, sí, y también mi brazo derecho está donde lo recordaba: completamente estirado hacia ella, como el de un muñeco rígido, sin articulaciones.
Me descubro, ahora, tocándome los dedos, como para asegurarme de que era la mano derecha. Ha sido un movimiento inconsciente. Estos dedos de ahora son los que agarran la barbilla de ama. Tienen el rastro táctil de ella, no están mediados por ningún pensamiento y por eso la cercanía parece más entera. Y más real, por no esperada.
No la agarro, la barbilla. Tengo la mano en el aire, tal vez la rozo apenas. Ella también tiene la boca abierta, también sonríe.
Tiene los pies pequeños, los dedos son bolitas alineadas que forman la mitad de una parábola. Tiene las piernas cruzadas y estampadas con retazos de luz.
En la esquina superior derecha está la sombra de un dedo.
Hoy ya no hay sombras en las fotos.
Es mi padre.
No hay ningún dato objetivo que pruebe que es mi padre, pero decido que lo es, que nos sorprende en la hamaca, después de la siesta, y sólo con la posición torpe de su dedo la imagen queda encerrada en nuestra intimidad, es casa.
[Este poema pertenece al libro aún inédito También eso era el verano, ganador del XII Certamen Internacional de Poesía Joven Martín García Ramos 2013, que será publicado por la editorial Difácil en abril de 2014.]